El
auténtico sentido de la vida, para un no creyente, no es llegar a un lugar o a
una meta, es disfrutar el trayecto, es disfrutar el viaje de la vida.
Hay
preguntas que a algunos les paralizan el alma, la más pesada de todas, es aquella
que en “la madurez” nos suele asaltar en las madrugadas de insomnio o en la
gris rutina de los Lunes, es la eterna búsqueda del "sentido de la
vida".
Erróneamente
nos han enseñado a buscarlo como si se tratara de un tesoro escondido al final
de un camino, como el lograr un título universitario, una medalla en un torneo,
en lograr una cuenta bancaria robusta, el comprar una mansión enorme o en tener
una “epifanía” en un templo. Y en esa obsesión por descifrar el destino,
solemos olvidar lo más elemental: La vida no se piensa, se transita.
Ante la
crudeza del análisis existencial, la respuesta más racional no es una filosofía
espiritual, sino el movimiento mismo. Como bien sugiere una básica intuición
tan urgente como liberadora, si el sentido se esconde a la vista, la mejor cura
no es estancarse revisándolo, sino tomar el mejor camino y empezar a andar, y así
empezar el viaje de tu vida.
El viaje
no como huida, sino como reencuentro con uno mismo. La propuesta es tan simple
en su ejecución como profunda en su impacto. No lo dudes, sólo hazlo y vívelo.
Calla tus miedos, traumas y complejos. No tienes que creer nada, ni venerar, ni
adorar nada, sólo avanza en la dirección que más bien te haga. No pongas
excusas, es por tu bien. Y haz lo que tengas que hacer para lograrlo. Puede ser
solo o acompañado, ¡pero hazlo ya!
No hay
que buscar coartadas ni posponer la decisión bajo el peso de las excusas
cotidianas. El mandato es contundente: ¡Hazlo! Pon en marcha los mecanismos necesarios
para romper la burbuja que te impide desarrollarte. Las excusas son los muros
con el que limitamos nuestra propia celda; el viaje en cambio, es la llave que
abre los caminos. Si no hay camino, tú hazlo.
Viajar te
hace vivir la experiencia de tu vida, y muchas veces es la que hará encontrar
ese “sentido de tu vida”, y lo tienes que hacer tú mismo, nadie lo puede dártelo
o hacerlo por ti. No lo vas a encontrar en ningún seminario o curso de coaching,
sólo lo encontrarás fuera del nido, fuera de tu burbuja de confort.
No
necesitas muchos recursos, sólo planéalo bien, aunque todo depende de tu
proyecto, pues podrías comenzar caminando por un parque que no conozcas en otra
colonia, posteriormente visitando el pueblo mágico de Bustamante, o ir a
conocer la tranquila Arteaga, en Coahuila; tiempo después aventurarte al
hermoso Juanacatlán, Jalisco, y luego incluso ir a visitar la bella Mérida, en Yucatán.
Ya que si
lo que quieres es volar muy lejos… Puedes comenzar en la bella Praga, dejando
que el aroma del café matutino en sus calles góticas disipe todo el ruido
mental; luego viajar a Bratislava, para sentarse en una mesa y reconfortarte
con una deliciosa sopa con knedlíky, para luego ir a perderte caminando por las
calles tranquilas de Liubliana, y terminar merendando en Zagreb, donde la tarde
pareciera volverse eterna.
Lo
importante no es la distancia del viaje, lo importante es que tan profundo te
llegue esa vivencia. No busques lujos, eso es un desperdicio de recursos, busca
vivir experiencias que te hagan sentir pleno, ser tu mejor versión de ti mismo,
que te hagan sentir vivo, y feliz. Y eso de ser feliz lo querrás compartir con
los demás.
Descubrir
el sentido de la existencia en cualquier rincón del mundo que sacuda tus
sentidos revela una verdad incómoda para la cultura del capital: El destino sólo
es una ilusión. Nos obsesionamos con la meta final, con el puerto de llegada,
ignorando que la vida ocurre enteramente en el trayecto.
Está en
el vapor del café frente a una montaña, está en la siesta junto a un río en
medio del bosque, en la risa compartida con un extraño que ni tu idioma habla,
en el cansancio gratificante de los pies al final de una jornada de
exploración, y en la convicción silenciosa de estar haciendo el bien a cada
paso. Ahí lo descubrirás, y luego repítelo, las veces que sea necesario. Comprenderás
que el auténtico “Cielo” o “Paraíso” está entre los brazos de las personas que
amas y que te aman.
El
sentido de la vida no es llegar a un destino o cumplir una meta, el auténtico
sentido de la vida es disfrutar el camino, hacer el recorrido, eso es el
auténtico sentido de vivir, el gozar el camino y hacer el bien, no es el llegar
al final, pues al final sólo respirarás y recordarás, y de nada te
arrepentirás.
Pues al
final del recorrido, cuando los años pesen y las fuerzas disminuyan, no
contarán los trofeos acumulados ni las metas corporativas alcanzadas. En ese
último suspiro, lo único que quedará serán los bellos recuerdos y las
satisfacciones. Y la mayor victoria posible es mirar hacia atrás y comprobar
que no quedó espacio para el arrepentimiento, porque cada kilómetro andado,
cada día de tu viaje por la vida valieron absolutamente la pena. Tu legado será
todo lo que hiciste, y viviste, en tu camino.
Súbete a
ese avión que te llevará a un lugar del que enamorarás, y ve al ese sitio al que
siempre querrás regresar, y te lo dice alguien que, ilógicamente, le da miedo
volar, pero que ni eso me detiene para volver a hacerlo. Los humanos somos
nómadas sociales por naturaleza, el sedentarismo nos atrofia, por eso si nos
quedamos quietos, nuestro ser, nuestra naturaleza se siente intranquila.
Siempre
es muy importante tener un lugar seguro a donde retornar, pero también siempre
debemos de alejarnos de vez en cuando, y desconectarnos de todo, por el bien de
nuestra salud mental y hacer ese viaje que despeje nuestra mente.
El sentido
de la vida no se encuentra, se recorre. Y es más bello si se va de la mano de
la persona que amas, pero no temas si vas “solo” al principio, pues estrás
rodeado por todos los que encuentres a tu paso.
El
momento de dar el primer paso de ese gran recorrido es ahora.
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