¿Investigar lo "inexplicable" es deber de la ciencia?


Todo fenómeno real puede, y debe, ser puesto bajo la lupa. La auténtica ciencia no tiene porque seleccionar lo que investiga según lo "respetable" que parezca el tema, sino según la existencia de un fenómeno que la experiencia humana reporta de manera constante.

 

En el pasado, pronunciar palabras como ovnis, duendes o fantasma en un pasillo universitario era casi el equivalente a ser condenado como un blasfemo ante la Inquisición. Quien se atrevía a mirar con interés los relatos de las luces en el cielo o las casas “con espantos” era tildado de pseudocientífico o directamente como charlatán.

 

Sin embargo, esta actitud de desprecio sistemático no es un acto de rigor intelectual, es en realidad un acto de pereza epistemológica. Condenar al ostracismo lo que no comprendemos, o lo que nos incomoda, solo perpetúa el ciclo de la especulación y deja el campo libre a los timadores.  

 

El debate en torno a lo paranormal suele estar infectado por un grupo muy nocivo, los creyentes fanáticos, aquellos que aceptan cualquier luz borrosa o crujido de madera como prueba irrefutable de visitas extraterrestres o espíritus del más allá. Y de esos hay bastantes. Ellos se quejan de los “escépticos cerrados”, aquellos que (según ellos) parapetados en el “dogma científico”, niegan cualquier testimonio o anomalía física sin molestarse en analizar las evidencias directas. Afortunadamente esos son los menos.

 

Pero ambas posturas compartirían el mismo error, creerse dueños absolutos de “la verdad”. La ciencia no es un conjunto de “verdades reveladas”, sino un método de exploración continua. Negarse a investigar un fenómeno reportado por miles de personas a lo largo de la historia no es defender la razón, reiteramos, eso es simple pereza epistemológica.

 

Un ejemplo de porque vale la pena tomarse en serio lo "insólito", lo tenemos en el fenómeno ovni, ahora rebautizado formalmente como UAP o Unidentified Anomalous Phenomena (fenómenos anómalos no identificados). La ufología ahora ya es un tema formal, aunque también pareciera que es utilizada como cortina de humo para distraer al público de otros temas más críticos.

 

Lo que hace veinte años se despachaba como simple delirio de fanáticos del mito extraterrestre, hoy es objeto de audiencias en el Congreso de los Estados Unidos, con informes y comisiones científicas y militares.

 

Al aplicar un método riguroso, como análisis de datos de radar, documentos verificables, telemetrías y testimonios de pilotos cualificados, se ha logrado separar la paja del trigo, pues se ha desmitificado una gran parte de los avistamientos, el 98% se ha resuelto deduciendo que tan sólo se ha tratado de drones, aves, insectos, globos o ilusiones ópticas; y sólo quedó un pequeño porcentaje de fenómenos reales, y físicos, que desafían la actual tecnología.

 

Pero este proceso no validó las teorías de conspiración sobre “naves alienígenas” o “reptilianos”, pero sí generó conocimiento real sobre temas de seguridad aeroespacial, óptica y física atmosférica.

 

¿Significa esto que debemos buscar “ectoplasmas” con un acelerador de partículas o poner trampas para atrapar duendes? No realmente, pero sí analizarlos con la misma seriedad metodológica.

 

Cuando abordamos los fenómenos como los “fantasmas”, “apariciones”, “parafonías”, “duendes”, fenómenos de tipo poltergeist o presuntos encuentros con entidades anómalas, la investigación rigurosa abre la puerta a disciplinas totalmente terrenales como la psicología, la psiquiatría y la neurología, pues el estudio de las “apariciones” ha revelado datos muy interesantes sobre la parálisis del sueño, las alucinaciones hipnagógicas, y de cómo el cerebro procesa el duelo o el aislamiento extremo.

 

La física y la ingeniería han ayudado en muchos casos de "casas embrujadas", pues muchos de esos fenómenos han resultado ser causados por intoxicación por monóxido de carbono, algunos campos electromagnéticos inusualmente altos generados por plantas industriales que afectan al lóbulo temporal, o infrasonidos generados por tuberías, calderas o sistemas de ventilación que provocan vibraciones ópticas y sensación de pánico.

 

Por su lado, la antropología y la sociología ha ayudado con los "duendes", “hadas” y entes similares, que en cierta forma son las representaciones de la psique colectiva, pues muestran la relación del ser humano con la naturaleza y de cómo codificamos, personalizamos y hasta humanizamos, el temor y la incertidumbre ante los fenómenos que nos rodean y que nos causan intriga o miedo.

 

Al investigar estos casos con herramientas científicas se sustituye el miedo y la superstición por el entendimiento. Donde antes había un demonio o un duende, hoy encontramos una corriente de aire específica, un fenómeno geológico o incluso un mecanismo de autodefensa mental.

 

La investigación científica de lo “paranormal” no busca validar el misterio, busca quitarle terreno a los presuntos timadores que quieren cultivar y lucrar con la ignorancia y el temor. Creer en extraterrestres, fantasmas o duendes no es malo, malo es que te quieran cobrar por ellos.

 

Si un fenómeno es real, puede ser estudiado para comprender sus leyes físicas. Si es producto de un error de percepción, de la sugestión colectiva o de un fraude, merece ser desmantelado con datos duros para proteger a la sociedad de una manipulación malintencionada.

 

Mantener estos temas en el rincón de lo tabú solo alimenta el negocio de los que lucran con la necesidad de respuestas existenciales de algunas personas. Es hora de encender las luces del laboratorio y dirigir los reflectores hacia la penumbra. Después de todo, la historia de la ciencia no es más que la crónica de cómo lo "sobrenatural" de ayer se convirtió en las leyes de la física de hoy.

 

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