La
narrativa de la “sociedad occidental” se construyó sobre la idea de la homogeneidad,
relegando a los márgenes, y a menudo a la fosa común, a cualquiera que
desafiara las normas ideológicas establecidas.
Lo que
hoy llamamos la comunidad LGBT no solo ha buscado el derecho fundamental a
existir en paz, ha tenido que sobrevivir a una toda maquinaria de persecución,
hostigamiento y borrado sistemático ejecutada por el propio gobierno, pero
dirigida por oscuros dogmas religiosos.
Analizar
la historia occidental bajo la luz del conocimiento contemporáneo revela que
las violaciones a los derechos humanos de este colectivo no fueron hechos
aislados, todo lo contrario.
Durante
la Edad Media en Europa, las leyes contra la "sodomía", un supuesto “pecado”
que no existía como tal originalmente, convirtieron a la diversidad sexual en
un “delito capital”. Registros históricos de la Inquisición española, y de los
tribunales eclesiásticos europeos, detallan cientos de ejecuciones de inocentes.
Esta
violencia no se disipó con la llegada de la Ilustración, simplemente se
secularizó. En Alemania, el Código Penal de 1871 criminalizó las relaciones
entre personas del mismo sexo. Bajo el régimen nazi, de ideología de
ultraderecha, esta ley se endureció, sirviendo de base para enviar a unos 10,000
hombres homosexuales a los campos de concentración. Esa ley oscurantista siguió
vigente en la Alemania Occidental hasta 1969.
En los
Estados Unidos la Orden Ejecutiva 10450, firmada por el presidente Dwight Eisenhower
en 1953, quien era un republicano conservador, prohibió a las personas
homosexuales trabajar en el gobierno federal. El resultado directo fue el
despido masivo y sistemático de más de 5,000 empleados públicos, destruyendo
carreras profesionales bajo la premisa errónea de que eran un "riesgo para
la seguridad nacional".
Quizás
uno de los capítulos más oscuros y recientes de esta deuda histórica ocurrió en
la década de los 1980´s. La aparición del VIH/SIDA no fue tratada inicialmente
como una emergencia de salud pública, sino como un "castigo moral".
Mientras
miles de jóvenes morían en el abandono, los gobiernos occidentales miraron
hacia otro lado. El propio presidente Ronald Reagan no habló públicamente del SIDA
hasta 1985, cuando ya habían muerto más de 12,000 personas en su país. Malignos
líderes de la derecha político-religiosa llegaron a calificar al virus en
medios masivos como un "justo castigo de la naturaleza", poniendo en
evidencia su arrogante ignorancia y su odio.
El
retraso deliberado en la investigación para tratamientos eficaces, motivado por
el desprecio hacia las víctimas, costó cientos de miles de vidas que pudieron
haberse salvado.
La prueba
de que la comunidad LGBT solamente ha querido vivir en paz se sostiene firmemente
cuando uno observa el impacto psicológico y social de esta persecución. Ellos
nunca han buscado imponer ninguna ideología, sólo piden respeto y que los dejen
vivir en paz. Lamentablemente el estigma no desaparece con la derogación de astrosas
leyes, se hereda en forma de un “cáncer ideológico” en la sociedad.
Incluso
hoy, en pleno siglo XXI, los datos de organismos como la Organización Mundial
de la Salud indican que los jóvenes LGBT presentan tasas de ansiedad, depresión
y tendencias suicidas significativamente más altas que los heterosexuales. Y si
a eso le agregamos las recalcitrantes campañas de odio y persecución por parte
de agrupaciones (¿terroristas?) ultrareligiosas, la cosa se pone peor para
ellos.
Occidente
suele enorgullecerse de ser el faro de la libertad, por los derechos humanos y
la democracia, grandes logros heredados de los filósofos griegos. Sin embargo,
un examen honesto de la historia demuestra que muchos de estos derechos fueron
selectivos. La comunidad LGBT no recibió la igualdad como un regalo de la
sociedad occidental, la conquistó piedra a piedra, paso a paso. Por eso ahora
marchan por las calles exigiendo se respete sus derechos y libertades.
Reconocer
que la sociedad tiene una deuda histórica con la comunidad LGBT no es un acto
de victimización; es un auténtico ejercicio de rigor histórico y de justicia
social indispensable para asegurar que los horrores del pasado jamás vuelvan a
codificarse en un futuro en posibles leyes oscurantistas.
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