¿Sí a la muerte como arte y deporte?


La coherencia es la virtud más escasa en el mercado de las ideologías conservadoras. En el centro del debate público contemporáneo, surge una contradicción que desafía la lógica de la compasión: La coexistencia de una defensa férrea de la “vida humana”, manifestada en la oposición frontal al aborto y la eutanasia, con la promoción y defensa de espectáculos de tortura animal, como la tauromaquia y el ejercicio de la caza “deportiva”.

 

Esta postura, sostenida por sectores conservadores y de la “derecha política”, plantea una interrogante: ¿Es la vida un valor absoluto o un concepto maleable según la conveniencia ideológica?

 

Quienes se oponen al aborto y a la eutanasia suelen apelar a la idea de la "sacralidad de la vida". Bajo esa creencia, la existencia es un derecho inalienable que no debe ser interrumpido por la voluntad humana. Sin embargo, esa misma voz que clama por la protección del no nacido o del enfermo terminal, a menudo se torna silenciosa, o incluso festiva, cuando el escenario es una plaza de toros o el rancho cinegético.

 

La doble moral se evidencia en el momento en que el sufrimiento animal se convierte en entretenimiento. No se puede argumentar la defensa de la vida desde una base moral sólida si, simultáneamente, se valida el agasajo ante la agonía de un ser sintiente. Es un vil sofisma. Si el dolor y la muerte son tragedias en el quirófano, resulta contradictorio que sean "arte" o "deporte" en el ruedo o en el monte.

 

El refugio habitual para intentar defender esta contradicción es la patraña de la “tradición”. Ellos “argumentan” que la cacería es una actividad ancestral y que las corridas de toros son parte de la “identidad cultural”. No obstante, la historia nos ha enseñado que las costumbres no son sinónimo de justicia. Muchas prácticas que, a la luz del conocimiento, hoy consideramos barbáricas, como las masacres raciales, fueron en su momento “pilares culturales”.

 

El uso de la “tradición” como escudo para la violencia animal revela una jerarquía “moral” donde los intereses particulares son el único termómetro válido. Al defender la “vida humana” como principio, mientras se ignora la vida de un animal que sí sufre, se cae en una irracional falacia que derrumba el propio argumento de los provida.

 

Si la premisa es que la vida debe ser respetada porque el sufrimiento es intrínsecamente malo y la existencia es valiosa, entonces esa compasión debería ser expansiva a todo ser vivo, no restrictiva para unos. Una postura ética robusta no debería tener puntos ciegos.

 

Si la muerte asistida se considera contradictoria a ciertos dogmas porque "solo dios puede decidir", ¿con qué autoridad moral el cazador aprieta el gatillo por mero entretenimiento? La defensa de la “vida humana” pierde todo peso moral cuando se percibe como una postura política de lobby, y no como una auténtica convicción universal sobre el respeto a todos los seres vivos.

 

Mantener un pie en la defensa de la vida y el otro en la celebración de la muerte lúdica de animales no es solo una absoluta inconsistencia lógica; es una miopía moral. Si la eutanasia en animales se aplica por piedad, ¿por qué no aplicarla, por piedad, en pacientes terminales que están sufriendo?  

 

La integridad de un sistema de valores se mide por su capacidad de aplicarse incluso cuando no es cómodo o “tradicional”. Mientras se siga aplaudiendo la estocada final en una plaza, el discurso sobre la "protección de la vida humana" seguirá sonando como una vil patraña.

 

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